ARTÍCULO. Saberes Ancestrales.
El mito y la práctica vergonzosa
Por: Santiago Andrade

© Pablo Gallegos Riera

 

Muchos de nosotros sabemos lo que es convivir con culturas ancestrales cercanas a nuestra cotidianidad. Es más, reconocemos en nuestra forma de vida una cercanía e influencia. Los más progresistas reconocen el parentesco y la familiaridad y los más atrevidos adoptan esa forma de vida.

Esta condición de nacer en este país, donde la tradición originaria está latente, nos ha hecho alguna vez acercarnos a la vivencia con un curandero, un sobador, un perfumero, un tabaquero o huesero tradicional. O buscar dentro del acervo ancestral ayuda para nuestra condición de tristeza o de suerte. Muchos a los que la medicina alópata no les ha dado una respuesta a su problema, han buscado en la ritualidad antigua una solución. Y hay quienes hemos podido conocer y aprender de la vida de un hombre o mujer que cuida de estas viejas maneras de vida.

En fin, el hecho de que todos reconozcamos una cercanía no hace que la realidad sobre estas prácticas cambie. El curandero sigue siendo considerado un guardián del folclor y no un hombre de sabiduría o de respeto. La medicina formal lo trata como una especie de técnico de la salud o de inofensivo colaborador, en el mejor de los casos, o como un ignorante estafador a quien se debe combatir. En todo caso nadie se atreve a reconocer el saber ancestral a la misma altura que el conocimiento académico. Aún cuando un buen número de la población lo busca y obtiene resultados concretos.

Ahora y como en todos los tiempos, la cantidad de estafadores que hablan de tener una capacidad y un entrenamiento en Saberes Ancestrales es la consecuencia normal de la falta de políticas púbicas claras al respecto, que puedan apoyar o juzgar estas maneras, y también de la dificultad de establecer un diálogo entre el estado y los pueblos. Es decir el desconocimiento y la falta de comunicación donde se puedan diluir estas diferencias, impiden este avance.

Digo avance porque ya es hora que en el país se hable con claridad sobre lo que son los Saberes Ancestrales. Ya es tiempo de sacarnos el velo de la ignorancia de parte y parte, y comenzar a conocernos más. Los oficiantes de ritos ancestrales, guardianes de un conocimiento milenario, no sólo son los encargados de sostener una forma de pensamiento y de culto, de cultura, sino los depositarios de una historia. Ellos no sólo conservan un sinnúmero de saberes, sino que preservan las maneras de acceder a ellos. Es decir, el Saber Ancestral es el camino que lleva al conocimiento, no el conocimiento en sí.

Las prácticas ancestrales cuidan el camino que se hace para acceder al conocimiento de la naturaleza, de nuestra propia naturaleza. Guardan costumbres y ritos que nos hacen saber de nosotros y conocer al ser humano. No son simples creencias, son prácticas rituales antiguas que despiertan la conciencia y el conocimiento. No son una religión, no son un dogma, son tradiciones que dan sentido a la vida, devuelven el propósito a la existencia y nos brindan salud. Son ritos que ayudan al ser humano en su crecimiento y desarrollo integral como persona y como  integrante de una comunidad. Son la herencia verdadera de cómo resolvernos en nuestro interior y como resolver nuestras diferencias en sociedad. La posibilidad de un buen vivir.

Van más allá de cualquier pensamiento contemporáneo progresista que se pone de moda. Son más que la nueva era, son la memoria de la vieja era: La historia. El Saber Ancestral va más allá de los pueblos, no es la pertenencia de nadie, porque el conocimiento no es una pertenencia. Se brinda y sirve a quien se pone a su servicio y entrega la vida a su legado. Es una fórmula simple, como simple es la enseñanza antigua. El conocimiento se entrega en la medida de tu propia entrega.

La relación hace la diferencia. El conocimiento llega en la capacidad de establecer una relación con lo que se quiere conocer. Así las tradiciones antiguas hablan del respeto al relacionarnos con nuestro entorno, con la naturaleza y con nuestra propia conciencia, pues la relación construye confianza. Por eso, preservar las maneras de conocimiento, no sólo los resultados, ha sido vital para los custodios de Saberes Ancestrales. Lo importante es pedir el respeto por las formas antiguas de conocimiento, formas tan validas como las actuales.

Las formas ancestrales se parecen entre sí en todos los pueblos. Todos los pueblos originarios han levantado plumas en la cabeza de sus líderes, han hecho danzas para honrar a sus antepasados y para agradecer a las fuerzas del universo que equilibran la vida. Todos los pueblos originarios han hablado de medicinas, han conservado rituales para la comunicación dentro de la comunidad. Todas las tradiciones antiguas han tenido sustancias embriagantes en sus altares y han contado la historia de su origen, de la mejor manera posible, para preparar a sus jóvenes hacia la vida. También han reconocido al sanador de la comunidad, no sólo por su manera de curar sino por su intención de cultivarse como ser humano. Para los pueblos originarios el curandero también es una artista, músico y carismático filósofo. Para muchos incluso es un líder político y administrativo, la autoridad indiscutible. Y esa autoridad aumenta con los años. Mientras más anciano, más respeto. Una costumbre antigua.

Con el avance de la forma del pensamiento actual, donde la organización comunitaria ha perdido su manera ancestral, estas maneras antiguas de conocimiento están en la cuerda floja, no solo porque ha desaparecido su hábitat natural de sobrevivencia, sino que los actores han olvidado su cuidado. Las comunidades en general ya no están organizadas como antes (consejos de ancianos, de guerreros, de mujeres) donde se lograba una participación mayoritaria del pueblo, sino que la estructuración moderna (presidente, vicepresidente, etc.) ha dejado de lado uno de los principios mismos del Saber Ancestral: la participación comunitaria como expresión de bienestar. El anciano ya no es la autoridad máxima y el político ya no conserva el honor de servir. Otra costumbre antigua.

En este panorama, lo pueblos que han podido sobrevivir al embate de la sociedad civil, de la evangelización y a la persecución, se han encerrado en un manto de desconfianza y sus Saberes ya no están para todos. Desconfianza que tiene una razón de ser. En todo caso todos estos factores han generado que quienes no estén verdaderamente cercanos a estos espacios de conocimiento antiguo o a un curandero de tradición, aunque alguna vez o muchas veces en la vida se han acercado a estas formas, no conozcan verdaderamente la profundidad y la belleza de los caminos de conocimiento que nuestra tierra tiene. El conocimiento sesgado de lo que ha sido una tradición milenaria ha generado un prejuicio y este prejuicio no permite la validación de la medicina y de las costumbres ancestrales en nuestro pueblo.

También ha generado verdaderas incoherencias en nuestra escala de valores al momento de defender nuestro origen. Se toleran, defienden y se permiten expresiones religiosas de variopintas tendencias, pero las propias no. Existe una suerte de participación vergonzosa, un temor latente de aceptar que visitamos a un curandero. Tanto así que nadie se cuestiona el hecho que en este país ya no se pueda practicar los ritos mortuorios antiguos o que el uso cotidiano y ritual de la hoja de coca haya desaparecido. Perú, Colombia y Brasil lo tienen, y nuestro país no, pero lo tenía hasta hace poco. No se cuestiona porqué se han validado muchas formas alternativas de medicina y las propias no. No hay un pronunciamiento a favor del rescate de las danzas antiguas, y se ve con impasividad que se sigue enseñando “danzas folclóricas”, como una sub expresión artística. Con la misma distancia que un artista mira a un artesano de la calle.

El Saber Ancestral es la base de la salud de un pueblo, es su historia y su identidad. Es el camino para conocer, no es el conocimiento en sí, es la manera de adquirirlo, de vivirlo y amarlo. Es su expresión artística y su ritualidad, su canto, su familia. Es la profecía para los más místicos y la tecnología para los menos. Un Saber Ancestral no es un concepto, es una vivencia. Y esa vivencia está en alguien que la cultiva, conserva y que además lidera a una familia o comunidad.

En esa medida todos somos capaces de adquirir y acceder a un Saber Ancestral. De vivir una forma de conocimiento y de ser parte de un pensamiento antiguo. La costumbre se aprende y la sabiduría se cultiva. Por eso la necesidad de que el Estado diseñe políticas públicas que permitan no sólo conservarlos sino validarlos. Para que las personas que estén dispuestas a saber de ellos puedan llegar a los hombres y mujeres que realmente los cuidan, y así disminuir la posibilidad de ser estafados o de caer en el snob y en la superstición.

El cuidado de un Saber Ancestral es la responsabilidad de un pueblo que quiere estar en paz con su memoria, con su origen, y quiere entregar a sus hijos la posibilidad de un buen vivir. Nuestro pueblo por ejemplo, no habla mal de su primera madre, ni tiene historias de dos hermanos que se mataron por envidia. Dice que su madre es la Tierra y su padre es el Sol. Y que el cielo y la tierra se respetan y gestan la vida. Dicen que los primeros hermanos, el Agua y el Viento, no se han peleado, nunca se han matado o tenido envidia; menos aún han permitido que esos sentimientos validen el asesinato. Es más, miran la naturaleza y reconocen su sabiduría, la capacidad de convivir en la diversidad.

Los pueblos que quieren tener respuestas, cuidan las maneras de encontrarlas. Los pueblos que quieren que su gente esté bien, sea íntegra y consciente, cuidan las maneras de conocimiento y no las niegan. En el pensamiento antiguo de América por ejemplo, jamás se ha dicho que en la naturaleza hay algo prohibido, menos una planta que da conocimiento. Siempre se ha sabido de la existencia del peligro y por eso se ha cultivado el respeto. No son las plantas ni las cosas que existen las que hacen daño, es la manera de acercarse y relacionarse. Como todo en nuestra vida, el respeto por todas las formas de vida ha generado mayores posibilidades de coexistencias armónicas.

Los pueblos antiguos han reconocido su parentesco con todo lo existente, animal o vegetal. Su origen en el Fuego, la Tierra, el Agua y el Viento. Es decir, proponen el respeto como tradición y el cuidado de todas las relaciones como camino de salud. El pensamiento antiguo habla de unidad y de honor. Cuenta historias viejas, donde la guerra y la enfermedad no existían. Los cantos más viejos, son los que hablan de la familia y de la unidad. Eso es lo que dice la tradición: La guerra, el descontento y la enfermedad llegaron después; cuando el ser humano tuvo miedo de ser quien es, cuando desconoció a su pariente, cuando negó su origen, cuando se sintió más que otro y con derecho sobre éste.

La historia de América ya nos ha demostrado lo doloroso que es cuando se le obliga a un pueblo entero a perder su identidad, a negar su origen. Ya sabemos lo que resulta cuando un pueblo le dice a otro cómo debe vivir, cómo deber llevar su culto, su creencia, su canto, sus relaciones. Estamos conscientes que, la imposición y la violencia, esclavizan no sólo al individuo sino a su pueblo, a su pensamiento y a su espíritu. También estamos seguros que no queremos repetir esa historia. Levantar nuevamente la memoria de nuestro ancestro para poder decir que el conocimiento es de quien lo cuida y cultiva. Que la tradición no es más que un sinnúmero de experiencias que nos abren la posibilidad de estar bien, que nos cuentan la historia de un pueblo que ha vencido su ignorancia, no a otro. El Saber Ancestral es la memoria y es en nuestro pasado donde sembramos la posibilidad de vivir ahora. La memoria de un pueblo que quiere que sus integrantes sean la respuesta, su propia respuesta, no solo la pregunta. Un pueblo que se determina y  se reconoce en la libertad de ser en su esencia, hijos de la tierra, no visitantes o turistas.

 

Publicado en la revista Vanguardia

Abril 05 / 2013

http://www.revistavanguardia.com/

 

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